martes, 1 de diciembre de 2015

Siete años no son nada

Seis años y medio después volví a aterrizar en Copenhague. Venía de unos días deliciosos en Cracovia. Anochecía. La pista de aterrizaje estaba presidida por un árbol de navidad gigante. “Estos daneses no cambian”, me dije. Llegué al pisito que habíamos alquilado en Østerbro, y tras quince minutos de espera (el vecino me dijo que estaba invitado a tomar un café en su casa si la espera se alargaba), llegaron Eva y Paula.

¡El reencuentro! Abrazos, risas nerviosas. En los últimos seis años nos hemos visto muy a menudo, pero este reencuentro era diferente: volvíamos al sitio que vio nacer esta amistad: amores, desamores, fiestas, excursiones, aquí pasó todo aquello que, seis años después, aún no hemos entendido del todo.

Y ahora, al contrario que entonces, ¡incluso teníamos piso en Copenhague! Era una casa grande y acogedora, desde cuyas ventanas se veía la vida en el interior de los pisos vecinos; llena de juguetes y de pruebas para tentar nuestra honradez: dinero por todas partes, artilugios electrónicos, pasaportes.

Bajamos a comprar la cena al Netto: pizzas congeladas, patatas fritas, y dos botellas de vino. Al poco llegaron Carlos y David: más abrazos. Se repartieron las camas que quedaban y nos comimos las pizzas acompañadas del semidulce.

El piso era muy céntrico, y en una hora y media llegamos andando al centro. Ya en Strøget – la calle peatonal – nos dedicamos a buscar aquel lugar que, con los años, ha alcanzado el estatus de mítico: el Student House y los soportales del botellón. Preguntamos a los viandantes, le dimos vueltas al mapa, intentamos encontrar la iglesia de referencia, y por fin llegamos. Bajo los soportales dormía una hilera de mendigos, y el Student House ya no era el barecito oscuro y ambientado que recordábamos, sino que estaba muy iluminado y decorado a lo hipster. Decepcionados, fuimos a buscar el clásico Moose que siempre venía después. Empezamos a dar vueltas por las callejuelas y al final, incapaces de encontrarlo, nos tomamos una cerveza en un tugurio ambientado con calaveras y ataúdes. Luego esperamos al autobús muertos de frío, y a casa a dormir.

A la mañana siguiente nos encaminamos bien pronto a la estación de Østerport. Næste station: Trekroner, ¡qué emoción!  Todo estaba cubierto por una capa de nieve. En la placita del Fakta, que antes se asemejaba a un solar, habían construido varios bloques de apartamentos. El caminito que conducía a la Blue Tower, eso sí, sigue siendo un barrizal. Cruzamos el puentecito, y al llegar al lago nos encontramos con un skate park y una cancha de baloncesto que gracias a dios no existían hace siete años, pues más de uno se habría descalabrado. El tío del puesto de perritos había ascendido socialmente y ahora tenía un local, con mesitas y todo. Me asomé a la descomunal raíz cuadrada a ver si la pantalla seguía marcando la temperatura, pero la pantalla estaba K. O.

Y calle arriba… Korallen.

Enfrente han construido una facultad, y el césped de detrás lo han convertido en un parking. Pero el edificio sigue tal cual, anclado en el espacio y el tiempo. Fue una sensación indescriptible volver a ver las ventanas azules, los balcones de ladrillo, las puertas blancas asomándose al vacío en cada habitación.


Aprovechamos que entraba una chica catalana y entramos con ella. Encontrarse de repente con aquellas cocinas, con los pasillos, con aquel olor, tuvo un curioso efecto en nuestras glándulas lacrimales.  Fuimos de puerta en puerta, de cocina en cocina. Han puesto wifi y teles de plasma, pero los muebles no los han cambiado, y las sillas y mesas, que ya entonces estaban seriamente deterioradas, ahora estaban para el arrastre. El Janitor había empapelado la residencia de normas, plannings de limpieza, advertencias con muchas mayúsculas y exclamaciones, aunque todo ello con aparentemente poco éxito. Y en una plaquita en una cocina aún se podía leer un Evita que no sé quién lo habría escrito…

Llamamos a nuestras habitaciones y la única que abrió fue, precisamente, la chica catalana que nos había ayudado a entrar. La habitación 32, ¡la mía!

No sé qué pensaría la chica cuando llamamos a su puerta y le pedimos que nos dejara entrar. En el más puro espíritu Korallen nos dejó pasar, a pesar de toda la ropa desperdigada y de que se le iba a enfriar la comida. Allí seguía un sofá que yo mismo había birlado de alguna cocina siete años antes, y la mesa desde la que escribía este blog. La chica nos confirmó lo que ya sabíamos: que Korallen no había cambiado, a pesar del hostigamiento de Janitor. Le sugerimos que utilizaran las mangueras contra incendios en alguna fiesta, y ya luego la dejamos en paz.


Ahora tocaba ir a ver el campus de RUC y caminar hacia Roskilde. Pero yo no tenía tiempo para más: pasé una última vez frente a la gran raíz cuadrada y la Blue Tower, y volví a Copenhague.  Había quedado en la estación central con Dalia, y pasamos una tarde estupenda tomando té y pasteles. Me gustaría contaros de lo que hablamos, el repaso que dimos de Bagdad a Málaga, transmitiros la emoción de volver a verla seis años y medio después; pero supongo que éste no es el lugar para ello.

Volví a Roskilde. David, Eva, Carlos y Paula esperaban en el Gimle, exhaustos después de una durísima caminata con visita incluida al árbol de los chupetes y a casa de David. Tomamos el primer tren de vuelta a CPH. En este tren conocimos a un búlgaro que decía ser primo de Stoichkov y que intentó convencernos de que en España somos unos desgraciados porque no tenemos Faxe Kondi (“better than Coca-Cola”, decía).

Una elegante cena nos esperaba en casa: sandwichitos de jamón y queso en pan correoso, patatas al horno, vino blanco y vodka (cerveza para mí). Qué risas. ¿Que de qué hablamos?, ¡de que siete años no son nada!, de nuestros recuerdos, de las fiestas, las excursiones, de todo lo que vino después. A las dos de la mañana se sugirió vagamente que quizás deberíamos salir a la calle, pero en vez de arreglarnos nos pusimos los pijamas y seguimos sentados alrededor de la mesa de la cocina, recordando, por ejemplo, cuando Fer se abrió la cabeza en la puerta de Korallen, o cuando María preparó el botillo delicioso y nos lo pimplamos con dos botellas de Perdido por cabeza. Llenamos un cuenco de cacahuetes y, en el colmo de la sofisticación, nos tomamos un rulo de chocolate de los que yo siempre iba a rapiñar al cuarto de Paula. Hablamos del patetismo de aquella despedida con las mangueras al aire al ritmo de “this is the way you left me”, de Josema salvándonos la vida en el cumpleaños de Cristiania, y de Paula llevada en volandas a abrir cierto futbolín con una horquilla.

A la mañana siguiente desayunamos pan con aceite y echamos a andar por Copenhague. Durante la noche había llovido, pero durante el día nos hizo incluso sol.


Empezamos por la sirenita, donde nos sacamos miles de fotos. Echamos a andar junto al mar con la ópera al frente, y llegamos hasta las casas de colores de Nyhavn. En una calle han instalado unas camas elásticas donde hicimos el cafre un rato. A cada paso que dábamos nos asaltaban los recuerdos: en esta esquina pasó esto, en aquél banco pasó aquello; recuerdos preservados en el tiempo con una claridad extraordinaria, casi como si hubiera sido ayer y en cualquier momento pudieran aparecer nuestros amigos por la esquina. Seguimos adelante: cruzamos el puente levadizo, nos comimos el clásico ristet hotdog junto a la parada de metro de Christianshavn, y luego pasamos junto a la iglesia espiral y entramos en Cristiania.

Nos encontramos una Cristiania un tanto cambiada: el suelo ya no es un lodazal sino que está adoquinado; y las casetillas que antes tenían todo el hachís y marihuana expuesto, con su balancita y bolsas para llevar, ahora eran casetas militares de aspecto siniestro, cuyos vendedores llevaban máscaras y pasamontañas. Paseamos junto al lago y luego volvimos al Nemoland, buscamos un banco seco, y probamos el célebre chocolate caliente de Cristiania (apréciese la dilogía).  

Las horas siguientes las recuerdo vagamente. Compré una de aquellas galletas de chocolate que siempre comía durante la jam session. Anduvimos, no sé cómo, de vuelta hasta Strøget, previa ingesta de otro perrito. Eva sugirió que visitásemos el museo de la vajilla y David que subiéramos a la noria; ambos planes fueron descartados. Nos hicimos un largo reportaje fotográfico en un trineo de mentira mientras los niños esperaban su turno, y luego fuimos de excursión a un Super Brugsen. Fuimos a la estación central y bajamos a varios andenes al azar, hasta que por fin encontramos un tren hacia Østerport.

Descansamos un poco; hubo quien se duchó (lo cual era un placer con el suelo térmico), y, despejados, fuimos a cenar.

El lugar elegido fue un restaurante cerca de Strøget, donde una camarera extremadamente ineficiente no nos permitió apuntarnos al buffet y nos cobró ochenta croner por dos garrafas de agua, y nos presionó para que nos largáramos porque éramos su última mesa. Eso hicimos, y, una vez en la calle, nos encontramos con un dilema: queríamos beber algo, pero hacía mucho frío para quedarse en la calle, y beber en los bares es demasiado caro. ¿Qué hacer? Hacía siete años que sabíamos la respuesta: beber en los trenes. Compramos vodka y cerveza en el 7-Eleven de Nørreport, y allí mismo, apoyados en la máquina de picar billetes, empezamos nuestro botellón. Cogimos un tren hasta Klampemborg, un barrio solitario en el límite de la zona 4 (la que nos permitía nuestro billete); allí otro tren hacia Hellerup, y luego uno más de vuelta a Nørreport, donde terminó nuestro alcohólico interraíl.


Encontramos el Moose, un bar del que no me acordaba en absoluto; pero las memorias inundaron mi cabeza nada más cruzar el umbral: en aquella mesa me dediqué un día a hacer dibujos en una servilleta con Irene y Rocío, en la cola del cuarto de baño innumerables daneses calvos habían elogiado mis rizos. Había un ambientazo. Bebimos más cerveza y chupitos, y Carlos hizo buenas migas con Chris, el camarero. Al final ya habíamos hecho tantas buenas migas con tanta gente que, saturados, salimos de nuevo a la calle. 

Lloviznaba. Caminamos hacia Nørrebro. El ambiente en la calle era bastante siniestro, y por poco nos metemos en dos peleas con algunos macarras. El bar de la esquina seguía allí, con su ambiente etílico y la mesa de billar, pero ya cerraba. Eran casi las seis de la mañana; un tal Joseph nos gritó amigablemente algunas cosas desde el otro lado de la calle, y consideramos que era hora de irnos a la cama. Había sido una última noche a la altura de aquellos nueve meses en Dinamarca (no encuentro mejor calificativo).

Al día siguiente desayunamos a las dos de la tarde unas hamburguesas en Strøget. Hicimos las maletas y los malaguitas nos despedimos de los madrileños, que se quedaban allí una noche más; por último fuimos al aeropuerto, donde nos esperaba una næste station diferente, más calurosa, más real.

Fue una montaña rusa para las emociones, tres días intensos, agotadores, divertidísimos. Una “borrachera de melancolía”, en palabras de David. Todo fue sobre ruedas, aunque pudo no haber sido así. Hemos cambiado mucho en estos seis años desde que dijimos adiós: algunos han pasado de tener comportamientos cuasi delictivos a ser cuasi inspectores de policía; otros de beber una botella de vodka diaria a regentar una fábrica de cebollas, otros de plantearse vivir a lo rastafari en Cristiania a vigilar cuadros en un museo. Pero estos días han demostrado que por mucho que las personas y los lugares cambien hay algo que permanece inmutable; que aunque Trekroner y nosotros ya no nos parezcamos a lo que éramos entonces, siempre lo seremos…


lunes, 6 de julio de 2009

Encontrado

Os dije que el último post sería controvertido, que destaparía escándalos y desvelaría secretos... pues bien, sólo era una estrategia de marketing para manteneros enganchados. Este último post será soso tirando a sentimentaloide.
Primero, cosas prácticas: me gusta escribir el blog, pero no voy a seguirlo porque sería muy tonto escribir en “Lost in Roskilde” que me desperté y fui a comprar el pan a Pan y Dulces Carmen la Espiga. Sin embargo, y os aviso ya, puede que haya días que vuelva a subir algún post: por ejemplo, en fechas relacionadas (“... hoy hace dos años que llegué a Roskilde, debido a lo cual ahora estoy en el manicomio...”), y en temas derivados; por ejemplo, si resulta que me caso con una erasmus en el futuro y decido celebrar mi boda en Korallen, reservando todas sus habitaciones para mis amigos, pues la crónica de esos días la escribiría en el blog, en plan meloso. Aprovecho este párrafo meta-bloguil para agradecer a los comentaristas que, incansables, habéis examinado palabra por palabra cada post para así poder hacer vuestra aportación, a veces insolente, a veces desenfadada, pero siempre bienvenida.
A pesar del lenguaje, de los precios elevadísimos, del clima cruel, de las noches o extremadamente largas o extremadamente cortas, Dinamarca fue una elección excelente. De no haber elegido Roskilde no habría conocido a la gente que he conocido, que es lo más importante. Gran parte de la experiencia Roskildiana se basa en Korallen, esta residencia maldita en la que vivo, y que no sabría si recomendar encarecidamente o todo lo contrario. Es cara, sucia, con un janitor saborío, las paredes sin pintar y una banda de narcotraficantes residiendo en ella. Sin embargo, todo lleva a lo mismo: la gente. No sé si mantendré el contacto con ellos, pero, oye, la experiencia ahí queda. Quizás en otro sitio nunca hubiera conocido la dulzura de Marianne, el pesimismo extremo de Pasquale o la corrección gramatical de Fer. No puedo más que estar contento de estar en Roskilde, y de habérmelos encontrado aquí.
Pues eso, que se me acaba el chollo. No han sido diez meses de Erasmus, sino diez meses de mi vida, con sus buenos y sus malos momentos; sus días extrardinarios y sus días anodinos. La vuelta a España no me la tomo como algo malo; seguiré teniendo buenos y malos momentos, días anodinos y días extraordinarios. Eso sí, la experiencia en Dinamarca me ha dejado tocadillo para una buena temporada. Después de diez meses perdido en Roskilde, vuelvo a Tahivilla. Y seguiré perdido.

p.d. En el concierto de Coldplay finalmente no llovió nada; si acaso unas lagrimillas.

domingo, 5 de julio de 2009

Más música

Amaneció mi último día en Dinamarca, que también es el último día del Festival de Roskilde, y que los dioses satánicos han querido que sea nublado, frío y lluvioso. Con el paso de los días, el festival va cambiando: cada vez huele peor, cada vez hay más porquería por las calles, y cada vez hay más gente. Sin embargo, ahora hay menos gente borracha que al principio, supongo que porque quieren ver la música. Hablando de la música, el sonido del Orange Stage es tan potente que ayer se podía escuchar desde Korallen, a cinco kilómetros de distancia.

Vayamos por partes. Antesdeayer fui, con una bici, a ver algo de música. Vi un poco de Oasis en el Orange Stage, que estaba llenísimo de gente. Luego fui a ver Röyksopp, un grupo de música electrónica noruega bastante raro y con tintes de ultratumba. Cuando ya estaba pensando volverme a Trekroner, vi, entre todos los estandartes que ondeaban, la bandera del Cádiz. Me acerqué y charlé un rato con el colega, un gaditano to gracioso que me dijo que si alguna vez me encontraba solo no tenía más que buscar la bandera en el horizonte, y ya tendría compañía. Reconfortado, volví a Trekroner. Los caminos que conducen al festival están siempre atestados de gente que van o vienen o venden bebidas frías en puestecillos improvisados.
Ayer por la tarde volví al festival, y por fin pude contactar con Fer; nos dimos una vueltecilla y vimos algún concierto juntos. Primero paseamos un poco por entre las carpas, viendo música variada. Por si os interesan los nombres, vi trozos de Gogol Bordello, Klovner i Kamp, Amadou & Mariam y Tony Allen; de ninguno de los cuales sabía nada, ni sabré nada.
Sólo vi dos conciertos enteros. Slipknot (“nudo corredizo”), una banda de rock muy duro, cuyos músicos subieron al escenario con máscaras grotescas y sólo decían palabrotas. Más que un concierto aquello fue un espectáculo, con un sonido abrumador, el batería dando vueltas en el aire, uno dándole con un bate de béisbol a un contenedor, y llamaradas enormes saliendo del escenario.

video

Hicimos un intermedio para comer un sandwich y ver el campamento donde se queda Fer. Visité mi bici, que después de un día abandonada ya está cubierta por una capa de polvo. Luego fuimos al Arena Stage, donde presenciamos un bello espectáculo de luces, láseres y sonidos profundos y relajantes, del grupo Fever Ray.
Después de este hipnótico show, volví a Trekroner. Me he despertado esta mañana esperando volver a sentir el sol quemando mi piel; pero está nublado. Maldita sea, como llueva en el concierto de Coldplay me cargo a alguien.
Es curioso que ir al festival (cosa que no tenía nada segura) ha hecho que el final de mis desventuras en Roskilde haya llegado de manera suave y desapercibida. Ahora, sí, esto ha llegado al final. Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas, Sam.

sábado, 4 de julio de 2009

Fer y María

Es muy difícil describir a Fer y María, entre otras cosas porque cuanto más tiempo pasan juntas las personas más se confunden unas con otras, y más difícil es separar qué pertenece a cada quién.
Fer y María son radicalmente distintos uno del otro. María es exhasperante, saltarina, impulsiva y brutalmente sincera. Fer es meticuloso, pensador y de palabras lentas. Cuando Fer habla es como si se parase el tiempo, como si buscase en un diccionario mental qué palabra es la más adecuada en cada caso, cómo ordenarla gramaticalmente para que se entienda su correcta acepción, y cómo pronunciarla adecuadamente para reducir al máximo la posibilidad de error. María cuando habla muchas veces es como si escupiese rocas que, pulidas adecuadamente, podrían ser joyas (o no).

Yo he pasado incontables horas con Fer y María, charlando, escuchando música psicodélica en la cueva. La cueva (o silo) es el cuarto de María, iluminado mortecinamente y con las paredes cubiertas de pósteres de masas nauseabundas, rostros desencajados y viñetas grotescas. Además, a María le encanta acumular cosas de menaje. Vasos, cubiertos, platos... un cucharón, por ejemplo, es el regalo perfecto para ella.
Fer tiene colgados en su cuarto un póster de una actriz, una bufanda del F. C. København, y un mapa de Dinamarca. Suele tener la cama hecha y alisada. En general es una habitación ordenada, a excepción de alguna que otra fiesta en que acabó reventada; pero eso es ley de vida en Korallen. Era.
Fer es un auténtico relaciones públicas. Conoce a muchísima gente. Ha habido fiestas en las que yo apenas conozco a nadie, y él va saludando a todo el mundo con perfecto conocimiento de, al menos, el nombre, la nacionalidad y la ocupación de cada uno de ellos. Queda con algunos para ir a jugar al fútbol, con otros para salir en Copenhague, con otros para jugar al póker...; a pesar de ello, muchas veces (y no le gusta que se lo digan, a pesar de que sea esto lo que más carisma le da) está en la parra.
María, ponferradeña hincha del Barça, adicta a varias series televisivas, cocinera experta del delicioso botillo; ha pasado magullada gran parte de su Erasmus porque va dándose golpes con todo. Todo se le ha magullado excepto, eso sí, la lengua, a veces afilada como un cuchillo. Fer, golfista malagueño, adicto a comprar en el Netto, guardador de secretos de medio Korallen; avasallado en ocasiones por Jose K, que quiso hacer de él su esclavo.

- FER CON IRENE EN LAS MAZMORRAS DE HAMLET -

Como veis, los tres apenas sí nos parecemos. Pero compartimos la Rutilla Noruega, ese viaje inolvidable a Trondheim. Y Kiruna. También hemos compartido interminables noches (conversando me refiero). Y compartimos hasta el final este Korallen tan vacío. Y María se fue hace un par de semanas, y se vació la cueva. Y Fer está ahora en el festival. Quedaré con él para ver algún conciertillo.

viernes, 3 de julio de 2009

Primeros conciertos en el festival

Noche del miércoles: asisto a mi segundo turno de trabajo en el festival. El trabajo es el mismo: apagar fuegos y controlar que nadie se salte la valla en el sector M. La noche es tan tranquila que pasa a ser tediosa. Espero ansioso al final de mi turno – seven in the mornin – para ir a Korallen y dormir clandestinamente en la habitación 32.
Duermo toda la mañana y parte de la tarde, haciendo un intermedio para ir a Roskilde a arreglar unos papeles y prepararme un arroz a la pimienta verde.
A las cinco de la tarde del jueves empezó lo que es el festival en sí: se acabó el calentamiento y empieza la música. Me arreglé (término éste muy relativo) y tiré para el festival en bici. Sobre la bici, y sobre su posible final drástico, hablaré al final de este post.
Llegamos al festival sobre las seis. Aparcamos las bicis y nos dimos un paseo por todo el recinto, que es enorme. Hay miles de tiendas de campaña ocupando cada porción de terreno permitida. Hay dos lagos, uno para pescar y otro para nadar; ambos probablemente contaminadísimos de orín y kebab. Hay cientos de personas (sobre todo hombres, pero también algunas mujeres) alineadas en la valla, usándola como meadero. El Festival de Roskilde es una ofensa a todos los sentidos, incluído el sentido común. Gente borracha siendo transportada en carromatos por gente borracha, gente durmiendo rodeada por sus propios residuos, recolectores de latas ganándose la vida (a día de hoy se han recogido del suelo 270.000 latas vacías, y aún así se siguen apilando miles al borde de los caminos), el horizonte sembrado de estandartes y banders y, lo más impresionante, un murmullo, un retumbar de fondo que le hacen a uno preguntarse qué no estará pasando aquí.

Cruzamos un puente vertiginoso sobre las vías del tren – el festival tiene su propia estación – y se llega a una parte con más tiendas de campaña, esculturas, graffittis, y paneles con información sobre el medio ambiente; todo muy bien montado. Cruzamos de vuelta y nos dirigimos, con la marea humana, al área del festival propiamente dicha.
El área del festival es otra explanada enorme donde hay siete escenarios donde van tocando sin pausa los diferentes grupos. Enseñamos nuestros brazaletes, nos hacen tirar una botella de plástico y empezamos a ir de escenario en escenario. Aún se escucha la música de uno cuando se empieza a escuchar la del otro. Es muy impactante.
El primer escenario que vemos es el Astoria, en el que el público y la banda están bajo una misma carpa. Aquí caben 3.400 personas. Un cartel luminoso no deja de avisar que no se permite “crowd surfing”, es decir, tirarse a la multitud. No nos gusta la música y salimos. Vamos al escenario más grande de todos: el Orange Stage, la nave insignia del festival, muy bonito. La banda toca bajo una carpa naranja, y el público (60.000 personas) está al aire libre. Ahora tocaba Volbeat, una banda de rock danesa que sacó mi vena más jebi y me hizo hacer los cuernos. El sonido era perfecto y los juegos de luces increíbles.

Acabó Volbeat, y salimos del área del festival a tomarnos un sandwich al ágora M. Luego volvimos al Orange Stage, y vimos el apoteósico principio del concierto de Kanye West, un rapero americano que debe creerse Dios.

Tras tres o cuatro canciones, fuimos al Arena, otro escenario con el público y la banda bajo una misma carpa (caben 17.000 personas). El grupo era uno danés muy famoso, Mew. Este concierto nos lo tragamos entero; fue muy bueno, acabamos exaltadísimos, y el final fue muy emocionante. Salimos con un río de gente como nunca lo he visto. Era de noche y volvimos a Trekroner, cansadísimos.

Esta mañana me tocaba mi último turno de trabajo. Llegué veinte minutos tarde porque me quedé dormido. Ha sido entretenido, porque al ser de día hay más gente despierta y con ganas de cachondeo y/o/u/e bronca. Por primera vez hice uso del aparato para apagar fuegos; lo utilicé para refrescarme la frente y la nuca. Cuando acabó el turno, a las tres de la tarde, tragedia: había perdido las llaves de mi bici. Tuve que volver andando (una hora y media de marcha, aproximadamente). Llegué a Korallen quemado, con ampollas en los pies y totalmente exhausto.
Ya os seguiré contando sobre el festival y mis últimos días en Dinamarca; por ahora he de decir que está siendo una experiencia increíble y un tanto surreal.

miércoles, 1 de julio de 2009

La hábil estrategia

Hoy me han echado de Korallen. La habitación 32 no me pertenece anymore. Y, sin embargo, escribo esto desde la habitación 32. Efectivamente, gracias a una hábil estrategia, he conseguido colarme en el cuarto; y quizás consiga quedármelo, sin pagar ni una corona, hasta que me las pire definitivamente el lunes que viene. La estrategia implica a una llave encontrada en una cocina, un sobre grande, un certero juego de manos en un momento crítico, y un pequeño vacío legal en las normas de la residencia... cuando tenga más tiempo os contaré.
Ahora no tengo tiempo porque a las 11 me espera mi segundo turno en el festival (a propósito, la música empieza mañana). No sé cómo me irá la cosa, pero creo que la gente está desfasando mucho. Ayer por la tarde vi a unos chavales en una cocina de Korallen que estaban utilizando un extintor y un cubo de agua para intentar enfriar cervezas de manera rápida y eficaz. He de decir que ayer estuve toda la tarde empaquetando y limpiando, y que ahora mi cuarto está super pelado.
Bueno, pues me voy. Un saludo a Irene y Rocío, las únicas coraleñas que se embarcaron en la aventura de vivir unos meses en Copenhague, y que a estas alturas disfrutarán del asfixiante calor andaluz. Ojalá pueda dedicaros un post algún día, pero ahora estoy totalmente absorbido por mi trabajo de bombero y por interminables y sudorosas partidas de futbolín. Adiós.

lunes, 29 de junio de 2009

El primer turno de trabajo

El Festival de Roskilde es un evento anual en el que cien mil personas pagan doscientos cincuenta euros para acampar en una explanada gigantesca, emborracharse como cubas y de paso escuchar algún que otro conciertillo. La enjundia del festival no se encuentra, pues, en los escenarios, sino en las zonas de acampada. Lo que es el festival de música no empieza hasta el día 2. Ahora hay lo que se llama el calentamiento. Y ahí, en el núcleo de este vórtice de locura, es donde anoche trabajé yo.

23.00 a 0.00. La zona de acampada se divide en sectores: A, B, C... En cada sector hay una plaza o ágora, donde estan los servicios, las barbacoas y una torre de vigilancia. Los desgraciados del turno de noche comos convocados en el ágora M. Nuestro jefe, un chaval llamado Stephen, nos divide en parejas y encomienda a cada pareja la vigilancia de un subsector dentro del sector M. Mi compañera es Aiga, una chica letona silenciosa y muy bella. Cada pareja va equipada con un extintor, una linterna y un walkitalki.
0.00 a 1.00. Sin novedades. Nuestra principal misión es apagar cualquier tipo de fuego, a excepción de los extremos incandescentes de cigarros y porros. La gente tiene bien aprendida la lección, y todos iluminan sus chiringuitos con linternas eléctricas. Cada centímetro cuadrado del suelo está ocupado con sus tiendas, o en su defecto mesas y sillas. Todos beben y cantan y ríen.
1.00 a 2.00. Inspeccionando la valla, Aiga y yo encontramos un tramo que algunos vándalos han intentado forzar desde fuera para poder entrar. Por fin algo de acción. Por el walkitalki comunicamos a la torre que hay que reparar la valla, corto y cambio. Quedáos ahí esperando a que llegue una furgoneta a repararla, corto y cambio. Mientras esperamos, escuchamos ruido en la maleza y vemos a los miserables correr por la pradera que hay al otro lado de la valla. Les hemos ganado la partida.
2.00 a 3.00. El desperfecto en la valla ha sido reparado, y seguimos dando vueltas. El suelo se va llenando progresivamente de porquería. Los personajes, variados y abudnantes, nos gritan cosas en danés; pero todo suena muy amigable. Hay algunos que, visiblemente ebrios, nos desean una buena guardia y un feliz festival. Stephen nos llama por el walkitalki para que descansemos un rato haciendo un trabajo más light: reponiendo rollos de papel higiénico.
3.00 a 4.00. Una vez repuestos los papeles higiénicos, Aiga y yo entramos en la sala de descanso para los voluntarios (que es un cobertizo cutre con una nevera y una máquina de café) y nos tomamos un cafelito y unos sandwiches. Llega una chica muy nerviosa diciendo que hay un tío inconsciente en el suelo. Nos acercamos, ayudamos al colega a levantarse, le damos un poco de agua y le llevamos hasta su tienda, que está en el sector L (que, según nos dijo luego Stephen, es el más fiestero de todos, cosa evidente visto el etílico estado del infeliz). Contentos tras esta buena acción, y aburridos como ostras, nos tomamos otro sandwich.
4.00 a 5.00. Stephen nos vuelve a mandar a inspeccionar la zona de acampada. Es plenamente de día. Los borrachos duermen plácidamente en sus tiendas. El suelo está asqueroso, y muchas de las tiendas están ya completamente destruidas. Aburrimiento y hastío. Nos sentamos un ratito sobre la hierba a dormitar.

5.00 a 6.00. Volvemos al ágora, y Stephen nos da unas bolsas enormes de basura y nos ordena que limpiemos la zona. No nos provee de guantes, así que tenemos que aguantarnos el asco y recogerlo todo con nuestras propias manos (que, a fin de cuentas, han pasado por otros sitios igualmente sórdidos). Miles de latas, salchicas, servilletas, panes, son arrojados al contenedor. El cansancio empieza a apoderarse de nuestros cuerpos y nuestras mentes. Intentamos escaquearnos, pero llega Stephen con más bolsas.
6.00 a 7.00. Esperamos a que llegue el siguiente turno. Nuestra distracción es ver a una máquina succionar por un tubo el contenido de los WC. Por fin llega el cambio de turno. Nos quitamos los uniformes fosforescentes, me despido de Aiga, cojo mi bici y me encamino a Trekroner, donde tras escribir esta crónica pienso dormir como un tronco. Ha sido una noche muy larga, pero al mismo tiempo divertida y muy instructiva. Tengo el peesentimiento de que lo voy a pasar muy bien este festival. Adiós.